martes, 13 de julio de 2010

Gambertti no se despide


Señores, sabrán disculpar las demoras en este post. Una semana es mucho tiempo. Resulta que después de la eliminación de Argentina me retiré, como los grandes, a un parador exclusivo para alejarme del ruido y de la presión de los medios. Este post, que tiene gusto a despedida –ya verán que no lo es tanto-, requería de mayor reflexión que los anteriores.
Entonces, arreglé con el supervisor de la fábrica para tomarme una semana de vacaciones de forma anticipada, armé la valija, puse en marcha el Falcon y nos fuimos con la Gorda Matilde, Pascualito Jr. y mi otro hijo, Salvador Pascual, a un duplex en Mar del Tuyú, que en esta época es barato y reina la misma soledad que me dijeron que existe en las islas del Caribe.
Señores: para respetar la costumbre de no hablar de los grandes temas, ya comentados en todos los programas de radio y televisión, prefiero evitar el partido decisivo y centrarme en otras cuestiones. Eso sí, no logré pensar demasiado porque los pibes me rompieron las pelotas durante los cinco días que estuvimos en la casita de calle 2 y 68. O sea, no esperen las grandes enseñanzas que les dejé en este mes maravilloso. Seré práctico.
Empiezo por un resumen futbolístico: Gambertti tenía razón, a esta altura está claro. Puso el ojo en dos equipos que la prensa no tenía en cuenta y demostró que la sabe lunga. El primero, Suiza, le ganó con claridad y holgura al campeón, al supuesto mejor equipo del torneo. Además, consiguió algo más importante que un título. Porque el campeón se renueva cada cuatro años, pero deberán pasar largas décadas para superar el récord de 559 minutos con la valla invicta. Los suizos esto lo saben y privilegiaron la gloria eterna a los laureles circunstanciales. Por supuesto, los bilardistas como yo o mi amigo personal Carlos Timoteo Griguol, a quien de paso saludo y le recuerdo que tenemos un café pendiente desde hace diez años, le agregamos un valor adicional, porque el cero en arco propio es el punto más virtuoso de este deporte.
Uruguay -que no por nada es “La Suiza de Sudamérica”- tuvo su mejor Mundial en 50 años y cayó contra mejores individualidades de forma ajustada. Igual, déjenme decirles que si mi amigo Tabárez me hubiese escuchado habría llegado aún más lejos. Porque de haber puesto defensores más feos, los holandeses y alemanes no se habrían animado a meterles tres. Esto lo supo el gordito Del Bosque cuando decidió incluir a la carreta de Puyol entre sus once. Y mal no le fue.
Ahora me meteré en un tema más espinoso, ligado a la despedida. Les voy a contar una infidencia: por los ruegos que recibí de los vecinos y los lectores, me presenté ante la patronal para arreglar mi continuidad como columnista de este medio. Me llevé la carpetita para explicarles mis aciertos y reclamar una suba en el contrato de cara al torneo local. ¿Saben qué me respondieron, señores? Que siga en la metalúrgica y que no vuelva a pisar el edificio, donde religiosamente llegaba con mis manuscritos después de cada partido importante. Y para eso debía tomarme el 4 y viajar como dos horas. Pero lo hacía igual. Porque salvo una vez que dicté de forma telefónica palabra por palabra a un escibra, el resto de las veces fui con las Rivadavia a rayas hasta la redacción de la Internet.
Pero por suerte mi hijo mayor, Salvador Pascual, me avivó: “Papá, hoy lo que camina son los emprendimientos personales”. Y el pibe me armó un blog y me creó un mail.
Tomen nota, señores: http://www.lasabelunga.blogspot.com/ . También pueden escribirme a pascualgambertti@hotmail.com.ar. No lloren, los espero allí.
Hasta la próxima

Trabajar desde las carencias


Se terminó, señores. El Mundial es cosa del pasado para los argentinos de bien. Lo peor es que no tendremos que esperar cuatro años, sino ocho. O tal vez doce. Porque a los brasileros se les escapó de locales una vez. Olvídense de que suceda dos veces. Y si en el 18 lo organizan los ingleses, expertos en robo, la cosa se complica.
Pero esto tiene que dejar sus lecciones, como en cualquier golpe que da la vida. Si queremos ser un equipo serio, como Uruguay o Suiza, tenemos que corregir muchas cosas. Ya los panqueques periodistas deportivos dijeron varias. Muy tarde, como siempre. Por eso no voy a explayarme demasiado. Porque se imaginarán que un tipo con la experiencia de Gambertti puede dar un seminario de dos semanas para analizar los primeros diez minutos del partido. Señores, sólo me voy a centrar en una cuestión, que también pueden tomar para su trabajo o para el colegio de los chicos: trabajar desde las carencias.
Que me disculpe Maradona, pero un buen técnico no empieza su trabajo desde lo que tiene, sino desde lo que le falta. Por ejemplo, cuando Gambertti asumió en la séptima de Laferrere se encontró que había déficit de marcadores centrales. Y no salimos a la cancha como si nada pasara. No podíamos ir al frente para bancar los contragolpes con el Flaco Prandelli y Maleta Juárez. No, señores. Saqué a un delantero y puse dos estóper, dos laterales y un líbero. La idea era meter cinco tipos atrás para reforzar la zona. Y en aquel fatídico choque contra Ituzaingó, agregué un líbero para frenar a los tanques de ellos. Tenía líbero izquierdo y líbero derecho, una novedad de pizarrón. El dibujo quedó 6-4-0, con uno de los volantes más adelantados que hacía las veces de punta si no tenía obligaciones de marca.
Tengo que aclarar que no funcionó, porque nos comimos 6 goles, uno por defensor. Eso sí, señores, todos por errores individuales. Por eso digo que los pibes me hicieron la cama y que los códigos en el fútbol dejaron de existir.
No quiero desviarme, quedémonos con lo conceptual: no sirve desconocer la inferioridad ante el rival. Hay que aceptarla y analizar cómo se neutraliza. Sólo así se podrá conseguir fútbol de alto vuelo, como el que se vio en Paraguay – Japón.
No es cuestión de atacar por atacar. Sino miren a mis pollos, los suizos, que le hicieron un gol en siete partidos y no siguen en la Copa por esas cosas del fútbol. Y no se olviden del récord que consiguió, que vale tanto como llegar a la final. O los uruguayos, que con menos jugadores que los argentinos ya están entre los cuatro mejores.
Fíjese, lector, si en su trabajo tiene puntos flojos ¿Qué haría? Le doy un ejemplo: si usted no sabe inglés no se va a mandar a una entrevista con un yanqui. Y si lo hace, es un estúpido. Le puede salir bien una vez. Tal vez dos. A la tercera busque un traductor, aprenda inglés o mejor no vaya, porque le van a pintar la cara. En el fútbol, como en la vida, pasa lo mismo.
Hasta la próxima

Esa espera interminable


Luego del triunfo con México estuvimos mateando con Matilde toda la tarde y entre cebada y cebada empezó a subir por la traquea esa sensación horrible, un reflujo ácido que iba y venía con total impunidad. Sólo comparable a lo que sentí cuando tenía que jugar la final de quinta para el Deportivo Merlo en el Cementerio de Libertad contra Midland, una mañana lluviosa de invierno.
Porque ustedes pueden imaginar que Gambertti antes de ser técnico fue jugador, claro, qué se pensaban.
Es más, no sé ahora, pero en un tiempo no podías hacer el curso de entrenador sin haber jugado antes en la Asociación.
En realidad, como todos los purretes arranque en el Baby. Jugaba en el Club 1ero de Mayo, que todavía se mantiene en pie con su cancha de bochas anexa, allá en Díaz Vélez y Neuquén, en Lomas del Mirador.
¡Qué categorías que teníamos siempre bajo la tutela del viejo Magna!, nunca bajamos del sexto lugar, posición que nos servía para entrar al reducido. ¡Que grande el viejo!, un ex fogonero del ferrocarril, siempre con su cuaderno Gloria bajo el brazo. El tipo iba tocando el timbre a cada uno de sus players los sábados a la mañana para que no se durmieran.
Una vez reunidos tomaba lista y seleccionaba quién tendría que hacer los pozos para meter los arcos de poste que guardábamos religiosamente en la casa de Irma, la portera del colegio 76 que vivía enfrente del club.
Aquel maestro de la táctica fue sin dudas mi mentor. El primero que intuyó que parando un doble cinco podría contrarrestar el juego del volante creativo de los contrarios, porque lo esperaría escalonado y en el último de los casos se lo dejaba al Polaco Martín, que a los nueve años tenía unos cardos en las patas que parecía el hombre lobo.
Él fue quien descubrió aquel nefasto malestar, que en una ocasión se convertió en diarrea, cuando el cuatro de Ballester me aplicó un codazo certero en la boca del estómago cerca del banderín del corner.
Pero este fastidio de la espera siguió acompañándome a lo largo de toda mi vida. ¿Y cómo iba a faltar ahora cuando el país se paraliza por 90 minutos que no llegan más?
Miren que Gamberrti no es de arrugar. Qué va. Pero ese escozor que se apodera de uno como si estuvieses poseído, es el mismo que siento hoy a 24 horas del partido con Alemania por los cuartos de final de Sudáfrica 2010.
Las manos comienzan a transpirar, un pequeño temblor del dedo índice surge de improviso como cuando seguís una melodía que te gusta. Y los pies se te ponen fríos aunque tengas dos pares de medias.
Es la espera interminable, la vigilia de un gran acontecimiento que se demora demasiado en llegar. Las horas se estiran como un chicle y no queres escuchar nada hasta que la pelotita empiece a rodar por el verde césped.
Comparable tal vez a esa otra espera obligada que teníamos que soportar luego de cada práctica en el Parque San Martín. Resulta que había sólo dos duchas para 75 jugadores y solo en los primeros tres minutos largaba agua caliente. Luego se vaciaba el tanque y chau pinela. Había que ser guapo y luchar con todas las armas legales para lograr que ese líquido sagrado llegara a tu cuerpo. Se vivían escenas de pugilato encarnizadas o de lo contrario había que viajar en bondi con toda la grela encima.
Ahora, aquí en la calma de mi living, desocupado, tomando datos y comparando estrategias, aquella sensación de incomodidad que me persiguió durante toda mi exitosa carrera volvió a presentarse. Pero ya encontré la solución: me tomo un Akital (no cerré con la marca original) y todo estará bien por lo menos hasta las 11hs.

Hasta la próxima

PD Allí en la foto está Pascual Gambertti, el lector que lo descubra se lleva un curso de técnico.

La tecnología no es para el fútbol


¿Qué es esta ridiculez de usar un video para ver si la pelotita entró? Por favor, señores, basta de pavadas. A llorar a la iglesia, se dice en Lomas del Mirador. Imaginen pedirle a un pibe en el potrero: “Rulo, pará. La circunsferencia del balón tiene que traspasar totalmente la línea de meta. Veamos la repetición”. ¡Qué estupidez tan grande! El gol se cobra o no se cobra. A lo sumo se discute y se le da la razón al más guapo. Se saca del medio y el partido sigue, porque los pingos se ven en la cancha. La tecnología está muy linda para el tenis, pero el fútbol es otra cosa.
Más de un ignorante dirá que no puedo comparar un potrero de Lomas del Mirador con el Soccer City de Sudáfrica. Permítanme ilustrarlos, señores: ¡es lo mismo! El Mundial es un gran potrero, la esencia de la canchita de la plaza en otra dimensión. Es la proyección del pedazo de tierra que está enfrente de su casa. Si mañana meten el telebín para definir las jugadas dudosas, se mata la ilusión de miles de pibes. ¿A qué juegan al otro día? Espero que entiendan la verdad que esconde lo que les explico, porque Gambertti no habla sólo de fútbol, como dicen por ahí. Gambertti habla de la vida.
Si así y todo no lo comprenden, voy un pasito más allá. Señores, hay camisetas pesadas y camisetas livianas. Y eso está bien, porque la historia se escribe en la cancha. ¿Se imaginan campeón a Eslovaquia? Por Dios, los árbitros seguirán favoreciendo a los grandes, y debe ser así. Los equipos chicos tendrían que agradecerlo, porque les da lugar a las excusas y a creer que están cerca de los que mandan. Si México perdía 5 a 0 con Argentina sin ningún gol en orsai, ¿de qué se disfrazarían ahora? Por lo menos así pueden decir que los robaron y tantas huevadas más. Porque lo chaparritos deberían aceptar sus limitaciones y colgarse del travesaño en vez de salir a jugar como si fueran Brasil.
Lo mismo los ingleses, que se comieron cuatro contra los del asqueroso Jota Low. Lo justo hubiese sido que le besaran las manos al uruguayo (a la Gorda Matilde no le gusta que sea grosero), que si no fuera por él los estarían cagando a piedrazos en el aeropuerto.
Ahora, si la FIFA llegara a cambiar algo, al otro día mando una carta a Zurich. Porque en aquel fatídico 6 a 1 contra Ituzaingó, cuando dirigía a la séptima de Laferrere, a los cinco minutos le dieron un lateral a ellos que era para nosotros. Fue en la mitad de la cancha, es cierto, pero de ese saque de manos vino el 1 a 0 para Ituzaingó. Y con esto de los videos pediría la nulidad del partido; porque digan lo que digan, sin ese lateral no nos habrían embocado el primero, el que cambió el rumbo del encuentro y me desmoralizó a los pibes. ¿El resultado hubiese sido otro sin ese lateral? No lo sé; déjenme creer que sí. Estoy en todo mi derecho.
Hasta la próxima

El defensor tiene que ser feo


En los mundiales no hay que ser tibios. Hay mucho periodista que no se anima a jugársela, pero Gambertti no tiene pelos en la lengua, más cuando vemos los partidos por televisión. ¿Qué quiero decir? Que los dos goles que recibió el equipo de Maradona tienen nombre y apellido: Martín Demichelis. Y el quiebre de la valla invicta de Uruguay, que iba camino a alcanzar a Suiza, también: Diego Lugano.
Y acá la coincidencia es clara. Son dos pibes pintones, no lo digo por envidia. Los dos tienen buen porte, son muchachos bien parecidos y se peinan para las chicas de la tribuna. Tranquilamente podrían protagonizar junto a Gonzalo Heredia una nueva versión de Valientes, que tanto le gustaba a la Gorda Matilde. No es que les falten condiciones. Pero dejémonos de joder, señores: ¡El defensor tiene que ser feo! Imagínese usted, querido lector, si fuera delantero: ¿Preferiría el aliento en la nuca de Brad Pitt o del Roña Castro?
Y acá los hechos no mienten: el mejor defensor de la historia, el Negro Aguirre Suárez, primero te metía miedo con la cara y después te cagaba a patadas. Había que tener huevos para tirarle un caño. En cambio, los pibes estos son una invitación a las diagonales de los wines. Y si no es feo, al menos tiene que tener cara de loco, como Ruggeri o Passarella, que con dos gestos ya te hacían saber que si los pasabas a la otra te rompían la rodilla.
A mí me pasó como técnico. Cuando me contrataron en Cañuelas para dirigir a la quinta, donde estuve tan poco tiempo que ni siquiera lo menciono en el CV, le dije a los dirigentes: “Con estos carilindos abajo no vamos a ningún lado. Señores, saquen una aviso en el diario que diga: ‘Se busca joven feo de 16 y 17 años para integrar defensa de Cañuelas’”.
A la semana siguiente cayó cada uno que ni les cuento. Feos, pero con ganas. Era un zoológico. Acá se les había ido la mano, porque un exceso también invita a la cargada, al gaste. Y el defensor se deprime y lo pasan en todas; o se calienta tanto que lo echan a los diez minutos.
Entiendan señores, tiene que haber un equilibrio. Porque lo de Cañuelas fue un abuso. Me acuerdo que le dije al presidente: “Presi, si la defensa sale con el enano, el hombre lobo, el jorobado y el cara de elefante me pongo un circo en vez de un equipo de fútbol”. De más está decir que me fui, porque los equipos se arman de atrás para adelante, como decía Carlos Salvador. Uno puede renunciar a un delantero goleador, a un volante creativo con fantasía, a un ocho con ida y vuelta. Pero nunca, y cuando digo nunca es nunca, a una defensa aguerrida, que asuste y después te faje.
Escuche Maradona, escuche Tabárez. Saquen a los dos galanes y pongan a otros tipos. A los más feos que tengan. Se los dice Gambertti, que de esto juna.
Hasta la próxima

Morimos en la nuestra


Señores, Suiza cayó de pie. Un gol en contra en siete partidos y sin embargo los muchachos de Otto se vuelven temprano a casa otra vez. Y no me hagan acordar del gol: ¡qué Chile, ni Chile! el que le sacó la clasificación a Suiza fue el árbitro de ese partido, que expulsó un jugador y permitió la derrota. Sino estaríamos en octavos con un doble cero a cero y una holgada victoria ante España. Pero eso sí: si había que regresar a Zurich, mejor que sea con un 0 a 0 y una actuación gallarda como la que vimos ante Honduras
Pero el fútbol es así. Injusto, a veces. Porque esa obra de arte de la táctica, que es Suiza, se ve perjudicada por la FIFA. Aunque los más perjudicados somos nosotros, los amantes del fútbol, a quienes nos privan de un nuevo cero a cero. Y no por 90 minutos, sino por 120, porque contra Brasil hasta los penales no parábamos. Y ahí hubiese sido la voluntad de Dios. Porque está claro que al menos hay que meter un penal para seguir avanzando.
Y no me vengan, señores, con que Suiza tenía que ganar y no arriesgó. Ya desde el primer minuto salió con un ofensivo 4-4-1-1, nunca visto en la historia alpina. Y cuando tuvo que salir con todo, sacó un volante defensivo por otro que también tiene marca, pero que te mete la pelota desde el círculo central en el área contraria. Además, los últimos tres minutos Otto mandó el equipo al frente. Pero no se pudo.
Hay que reconocer, también, que a Suiza le cuesta atacar. Quedó en evidencia en el primer tiempo, cuando los muchachos la pisaban en el banderín del corner en vez de tirar los centros.
Premio consuelo: Suiza aportó al Mundial el mejor jugador de la competencia: el arquerito Diego Benaglio.
Pero bueno, no hay que llorar. El vendido de Blatter sabrá por qué hace lo que hace.
Por otra parte, ya terminó la primera ronda y, como vengo avisando en mis posdatas, ahora estoy firme con Uruguay: otro que también tiene el arco en cero.
En 1992, viendo jugar al Boca del Maestro Tabárez, coincidía con mi gran amigo personal Carlos Timoteo Griguol, a quien de paso saludo y le recuerdo que tenemos un café pendiente desde hace diez años, que el uruguayo la junaba para bancar el cero. Y miren hoy: tenemos al técnico del mejor equipo del torneo.
Además, Uruguay protagonizó el mejor partido de Sudáfrica 2010: contra Francia, cuando sin empacho sacaban un lateral en campo propio y de volea la tiraban para arriba. Porque Tabárez sabe, no le importa que la prensa, siempre ignorante, después lo tilde de antifútbol. Señores, Uruguay tiene un pie en la final.
Antes de despedirme, quiero destacar a Argelia: si no tuviera un arquero inútil, hubiese sacado un triple cero a cero. El gol que se comió con Eslovenia no tiene nombre. Y contra los yanquis salió tarde. Además, me gusta Argelia porque es un pueblo con lucha. Y Gambertti de joven leyó una parte del manifiesto comunista y el índice de El Capital. Salud al pueblo argelino.
Hasta la próxima
PD: Es un día muy triste. Ya le dije a la Gorda Matilde que esta noche no como.

La figurita difícil


Una vez me dijo un vecino de Lomas del Mirador que las leyes del marquetín son implacables. Esa palabra usó, “implacable”, como si se tratara de un periodista deportivo hablando del nueve goleador. Por eso me acuerdo. También me contó que se realizan sondeos de opinión, encuestas, entrevistas con psicólogos sociales y todo tipo de estudios antes de sacar un producto. Todo eso se me vino a la mente cuando gracias a mi hijo descubrí una perla: las figuritas difíciles de este mundial.
Por supuesto, recordé al instante aquellas famosas chapitas que te cortaban la cutícula en la década del 70 y te obligaban a correr en busca de una maestra que te hacía llorar como un marrano al ponerte ese líquido rojo de porquería.
En esa época también había un selecto grupo de fichus que eran inhallables. Siempre hubo figuritas difíciles. No están por ningún lado, nos las tiene nadie. Por más que busqués, que cambies de zona o que pongas un aviso clasificado: las difíciles son una tortura para los pibes.
En su momento fue Togneri de Estudiantes de La Plata, en otros Jorge Carrascosa. Eso en el plano local. Y en los mundiales, Toto Schillacci en Italia 90, Oleg Salencko de Rusia en Estados Unidos 94 o el coreano Hong Myung Bo en el 2002.
Pero para Pascual Gambertti, y por consiguiente para su hijo, nada es imposible. En eso heredé el tesón de mi viejo, un napolitano enfermo del Diego que le rezó 30 días seguidos a San Genaro para que el Napoli consiguiera el primer Scudetto.
En Alemania 74 me acuerdo que me tomé el 242 hasta Ramos Mejía para conseguir al pelado Gregorz Lato, a la postre goleador de ese mundial. Yo sabía que un compañerito lo tenía, pero antes de que la pusiera en juego en una histórica tapadita tuve que perder 70 repetidas. Nunca me voy a olvidar de ese vuelo del haitiano Emanuel Sanon que desde mi muñeca derecha fue a parar al margen izquierdo superior del polaco: inigualable. Fue el único álbum que llené en mi vida y de allí salí corriendo como poseído al kiosco de Rossetti, en la esquina de casa, a retirar una número cinco de gajos hexagonales negros y blancos.
Porque antes, señores, el que llenaba tenía su premio, no como ahora que ni las gracias te dan. Al contrario, si te faltan podés pedir el servicio de álbum lleno a la empresa, pero te cobran cada figurita al precio de un paquete. Si eso no es inflación, qué será entonces.
A modo de anécdota, les cuento que Gambertti se inició en la dirección técnica con esa pelota, y en los mundiales siguientes pegaba las figuritas en unas cartulinas de color celeste donde dibujaba una cancha con la regla T y armaba los esquemas y las estrategias que hoy en día sigo utilizando.
Pero como decía, las difíciles son el enemigo número uno de la sonrisa de un pibe. Si no que lo diga mi amigo y colega Jorge Sillone que aún hoy se lo nota desolado porque lleva 12 años buscando al nigeriano George Finidi y al búlgaro Kasimir Balakov del mundial Francia 98.
Toda esta introducción venía a cuenta para confirmar que Gambertti siempre está un paso adelante de los demás, se anticipa a los acontecimientos. Cuando la etapa clasificatoria está por terminar y ya llevamos con Pascualito Jr. más de un mes juntando figuritas, sobre 57 faltantes, 9 son de Suiza. Señores, casi un 17% de las inhallables pertenecen a nuestro candidato, que más allá de una derrota llena de suspicacias mantiene intactas sus posibilidades.
Los especialistas del marquetín no pueden equivocarse: nada de Messi, Robinho, Robben, Cristiano Ronaldo, ni ocho cuartos.
Las figuras que nadie tiene son jugadores como Benaglio, Grichting, Spycher, Senderos, Yakin, o Nkufo.
Atención, nota de Gambertti, padre e hijo: se cambian 25 X 1.
Se buscan las figuritas de Suiza números 582,583, 586, 587,588, 595, 598, 599. La más difícil de todas, la 594 del héroe nacional Gelson Fernández, se cambia por 50.
Hasta la próxima
PD: Repito: ojo con Uruguay.

Gracias Suiza


Una vez más, no deja de sorprenderme la falta de conocimientos de la prensa especializada. A los pocos segundos del pitazo final del partido entre Suiza y Chile, todos destacaban la victoria por 1 a 0 de los de Bielsa, gran estratega por cierto. Sin embargo, lo más relevante del match no es el resultado, sino el récord que depositó a Suiza en la galería de los grandes de la historia: 559 minutos sin recibir goles, marca que nadie había conseguido en 80 años de Mundiales y que mañana será tapa en los diarios serios de todo el planeta.
Y digan que el árbitro se encargó de perjudicar a los muchachos de mi amigo Otto, sino estaríamos hablando de una cifra aún abierta: sin esa injusta expulsión a los pocos minutos del primer tiempo, el cero a cero se hubiese hecho realidad y seguiríamos sumando minutos con la valla invicta.
Pero las cosas no están para nada mal, todo lo contrario. Suiza consiguió una derrota importante en su sueño de avanzar a los octavos de final. Señores, la matemática indica que si en el próximo partido Suiza derrota a Honduras por dos goles, pasará de ronda sin importar lo que suceda en España – Chile. Detallo:
Si España no gana, Suiza pasará a los gallegos por puntos y entrará segundo. En cambio, si España gana, Suiza superará a Chile por diferencia de gol. No hay que ser un sabio; verán que Suiza está prácticamente clasificado. Y si me preguntan a mí, creo que Chile ya tiene pasaje de vuelta, a pesar de liderar la zona hoy. Por eso no entiendo la euforia de los chilenos, que entienden menos de esto que los periodistas deportivos. Moraleja: no siempre lo importante es ganar; más vale una derrota que deje al equipo bien posicionado que una victoria insignificante.
Eso sí, no todo es color de rosas para Suiza. De cara al próximo partido y en especial a la siguiente fase, le haré llegar mis recomendaciones al bueno de Otto. Se las adelanto a ustedes de forma esquemática para no confundir, como siempre:
- El récord lo relajó: si bien es verdad que en el minuto 67 Suiza versión 2006/2010 ya se había coronado como la formación más efectiva de la historia, un equipo que aspira a la gloria nunca baja los brazos. Igual, tienen una excusa válida: ya había alcanzado lo máximo a lo que un plantel puede aspirar.
- La ofensiva final: no entiendo como mi amigo Otto no mandó al equipo aún más atrás. En su lugar, Gambertti sacaba al único delantero por otro defensor. ¿Se imaginan si de contra se comía el segundo? La cosas sería distinta, porque frente a Honduras tendría que salir a golear. Suiza tribuneó, señores. Y no me vengan con que casi empata. Valía más el 0- 1. Arriesgó y pudo complicar la clasificación.
Los dejo con la satisfacción de haber presenciado un acontecimiento grande, de esos que en muchos años será recordado en videos, revistas y programas de radio. No sé si seguiré vivo, pero espero no olvidarme los detalles para contárselos a mis nietos. Gracias Suiza. Estoy emocionado. Perdón, no puedo seguir escribiendo.
Hasta la próxima
PD: Ojo con Uruguay.

La papa y las agujas


Señores, lo de siempre. No pienso hablar de la disposición táctica del equipo de Maradona. Miren ustedes la tele, escuchen programas de radio, lean el blog de Cordo. Gambertti es humilde: está para partidos menos populosos, ya lo dijo.
Por eso escribo sólo para transmitir un dato de color.
Ayer a la mañana me levanté tempranito. La Gorda Matilde ya estaba despierta y me esperó con un mate. Yo le digo Gorda, con cariño. No vayan a creer otra cosa. Como me había pedido el día en la fábrica (lo compensé trabajando duro y parejo durante los feriados del Bicentenario), me dispuse a mirar el partido en el sillón de casa.
Todo era un lujo: el plasma que compré en 50 cuotas fijas en una casa muy conocida de electrodomésticos y la estrella del día: la TV digital con alta definición.
Me gasté unos pesitos, como verán. El adelanto del aguinaldo más unos ahorros que tenía abajo del colchón.
La inversión valió la pena hasta los 16 minutos. Acostumbrado a mirar a los jugadores con fantasmas y lluvia permanente -aún en días radiantes-, el descubrimiento de la pantalla plana y la gran calidad de imagen realmente me sorprendió.
Pero a partir de ese minuto fatal, todo se fue al diablo: Messi agarra la pelota con las manos para patear un tiro libre, está por apoyarla en el suelo y todo Lomas del Mirador retumba con un grito: Gooooooooooooooooooooolllllllll. Desaforados. A los cinco segundos, claro, el coreano se la mandaba a guardar a su propio arquero. Imaginarán que la experiencia a partir de allí fue insoportable: el barrio me anticipó todos los goles. Y si en un avance peligroso no escuchaba el griterío antes, ya sabía que no había pasado nada.
Discúlpenme, señores, pero lo tengo atragantado: ¡al carajo con la televisión digital! El próximo partido vuelvo a la papa con las agujas de tejer. La imagen me llega cinco segundos antes.
Hasta la próxima

Como adelanté, Suiza no tuvo problemas con un rival menor


No puedo comenzar estas líneas sin antes pedir disculpas. El texto estaba semi listo desde hace una semana, porque la victoria de Suiza ante España era tan evidente que el marco general para esta columna ya estaba dado desde antes del pitazo inicial. Es más, hasta el score final era casi un hecho. Si demoré más de la cuenta en postear, es porque mi celular no paró de sonar en toda la mañana.
Primero de Tristán Suárez, ofreciéndome el cargo para la tercera cuando el partido seguía cero a cero. Después, con el gol del Negro Fernandes, redoblaron las apuestas: Los Andes, Chaco For Ever, Brown de Adrogué, River de San Andrés de Giles y otros grandes clubes querían que me calzara el buzo de su primer equipo. También me pedían como panelista para todos los programas de televisión. Hasta me ofrecieron a las pulposas vedettes y el viaje a un all inclusive de Sudáfrica por lo que resta del torneo para que firmara contrato. Pero, ¿saben qué, señores?, Gambertti no se vende a los ignorantes por un puñado de pesos o un par de modelos de plástico. Seguirá exclusivamente en este espacio y sólo aceptará un nuevo desafío en Laferrere, por razones ya explicadas. Y desde ya, seguirá con la Gorda Matilde, en las buenas y en las malas.
Volviendo a lo que nos atañe, sigo sin entender cómo un acierto tan sencillo -que el candidato era Suiza y no España- toma tanta trascendencia. Suiza tiene el fuego sagrado del cero en arco propio. Es más, a partir de hoy tiene un nuevo récord: es el equipo con más minutos de valla invicta de la historia de los mundiales. Y España, con su tiki tiki, no tenía chances siquiera de hacer un gol.
Pero tanto sabelotodo con micrófono ensalzaba a los gallegos fracasados que hicieron creer a más de uno que España era el nuevo cuco. ¡Sí, un cuco por lo mal que defienden! Y ahora tratan de poner excusas, de hablar mal de la albirroja. Que el espectáculo, el arte y tantas pavadas. Señores, el que quiere arte va al museo. El que quiere espectáculo va al teatro. El que quiere fútbol mira a Suiza.
Después están los matemáticos que te tiran todas las estadísticas encima, como si eso explicara algo. Está claro que esos pibes nunca patearon una pelota de fútbol. Leyeron un librito de táctica y ahora creen que saben. Aprendan: el índice de efectividad de pases sirve para el básquet, pero no para el balompié. En esta misma página está la “cobertura full” de los partidos. Muy bonita por cierto; pero a quién le importa que España haya dado 335 pases correctos contra apenas 68 de Suiza. O la victoria moral de los gaitas de 13 tiros al arco contra 4 de Suiza o los 11 corners a favor contra 2. Señores, miren lo importante: en Suiza, la efectividad del arquero fue 100% y ningún jugador alpino cayó en off side. Arco clausurado y visión táctica, el resumen del fútbol que le gusta a la gente. Aunque, por supuesto, los únicos números que sirven para el análisis son dos: 1 – 0. No hace falta aclarar que hablo de la cantidad de goles por bando.
Ahora, lejos de la euforia, hay cosas que los muchachos van a tener que mejorar si quieren llegar lejos. Voy a ser esquemático, para no confundir:
1) Festejos desmedidos: una victoria ante un rival menor no puede enceguecer a los jugadores. Que compren buzones los hinchas medios, pero no los verdaderos protagonistas. No puede ser que canten “...porque este año, desde los alpes, desde los alpes, salió el nuevo campeón...”. Una locura.
2) Pelota en el palo: a veinte del final un avance de Suiza casi termina en el 2 a 0 que hubiese clausurado la historia. Todos hablaban de que ese tiro que pegó en el poste. Pocos se fijaron en el contragolpe que casi termina en empate. Enseñanza: cuidado con las emociones, una confianza desmedida tampoco es buena. El suizo debería haber llevado la pelota al banderín del corner y defenderla ahí a capa y espada. Es preferible aguantar el 1 a 0 que arriesgar por una diferencia mayor. Todas las victorias valen tres puntos.
3) Cambios: el técnico, mi amigo Otto, de encumbrada trayectoria, no trabajó bien los reemplazos. Los jugadores que salen deben irse al rincón más lejano de su compañero que está por ingresar. Esos segundos son de oro. En esta misma línea, le faltó acalambrados y fingir lesiones cuando las papas quemaban. Bien por el arquero que usó el recurso de la tarjeta amarilla para demorar treinta segundos.
En fin, son cositas a mejorar de cara al partido con Chile, donde está uno de los mejores estrategas. Bielsa no es el gordito de Del Bosque. Pero ojo, porque también peca de ofensivo.
Para cerrar, y que se pongan a leer al gordo Quique: no me vengan a decir que sé de fútbol por el resultado de Suiza – España. Señores, Gambertti la sabe lunga desde hace mucho. Por algo es DT, aunque trabaje de obrero metalúrgico. Se los avisó en el primer post.

Hasta la próxima

¿Traje o equipo deportivo?


El partido de Argentina y Nigeria dejó mucha tela para cortar. Pero como seguramente ustedes ya recibieron explicaciones tácticas –en general absurdas y ridículas– en todos los programas de televisión, no analizaré las estrategias de los equipos. Ya habrá otros partidos menos populosos sobre los cuales explayarme.
Prefiero detenerme en otro aspecto menos tratado, como es la relevancia que tiene para el andamiaje del equipo la vestimenta del entrenador: ¿un buen traje modifica los resultados deportivos? Permítanme plantear mi postura: sin dudas que sí.
En primer lugar, realizo un razonamiento sencillo, aunque contundente: si Carlos Salvador usaba traje, algunos porotos debe aportar al score final. El Doctor no deja nada librado al azar. No existe aspecto sobre el que tenga una respuesta liviana. Mas cuando todos conocemos las bondades de un equipo de gimnasia Adidas y la incomodidad del cuello de la camisa, por más que se lleve desabotonado.
De todas formas, una de las tantas cosas que me enseñó la vida sin recurrir a los libros es que nada es absoluto. Regla de oro. En este caso particular que nos atañe, el uso traje tiene que circunscribirse al ámbito adecuado. Sino, los resultados pueden ser negativos.
Les doy un ejemplo: en aquel recordado 0-4 que sufrí con la séptima de Laferrere ante Almirante Brown, quise dirigir con traje para mostrar seriedad a mis jugadores. Me puse uno que me apretaba, que había comprado para el casamiento de mi hermana quince años atrás. Pero, en el trayecto entre mi casa de Lomas del Mirador y la parada del colectivo que me llevaría a Laferrere, me robaron el saco y los zapatos. Más tarde, ya cerca de la cancha, un perro me mordió los pantalones y los destrozó.
Además, llegué con los sobacos amarillentos, porque la camisa tiene que ser blanca, salvo que entrenador pueda vestirse en casas italianas, como el Cholo Simeone.
Así, con mi imagen hecha trizas, fue difícil imponer respeto ante los pequeños futbolistas. El resultado fue un 4 a 0 en contra, como ya comenté. ¿Si hubiera ido con equipo de gimnasia las cosas hubieran sido distintas? Quien sabe, déjenme creer que sí. Tal vez era un gol menos, con lo mucho que eso significa en el fútbol moderno.
Pero volviendo a Maradona, mi consejo es que cuide la estética. Lo que no significa que deba usar traje, claro está. Él debe pensar qué atuendo transmite lo que él quiere para el conjunto nacional. También debe imaginar cómo lo verán sus dirigidos y cómo afectará en la obediencia de éstos. Si me preguntan a mí, creo que el traje del sábado le sienta bien.
Aunque no hay que restarle méritos al sastre, ya que Diego debe ser de aquellos tipos a quienes nunca le coincide el ancho de espalda con el largo del saco, ni el diámetro de la cintura con la caída justa en el taco del zapato. Como le pasaba a mi amigo personal Carlos Timoteo Griguol, a quien de paso saludo y le recuerdo que tenemos un café pendiente desde hace diez años.
En resumen, no hay nada peor que los jugadores se rían del director técnico porque está mal vestido. Si eso ocurre, se acaba el ciclo, es el principio del fin, comienza una pendiente que es difícil de remontar. Como me pasó a mí con la séptima de Laferrere.



Hasta la próxima, que será con menos costura y más fútbol.

Suiza, el gran candidato


Tengo que reconocer que una de mis debilidades es el juego. La timba me puede, pero como tengo prohibido ir a los burros, me la trato de rebuscar de otra forma.
Así, uno de los vecinos de Lomas del Mirador, donde está uno de los mejores bingos del conurbano, me dijo la semana pasada, conocedor de mis vicios: “Gambertti, usted que sabe tanto de fútbol, por qué no se juega unos pesitos para el Mundial”. Lo escuché y me puse averiguar en esta gran cosa, que es Internet.
Una vez más, me sorprendí de la falta de conocimiento del aficionado medio, ya que el favorito en las casas de apuesta es un equipo sin ninguna chance de llegar siquiera a semifinales, como España. Y el que realmente está para campeonar, salvo que suceda una catástrofe, aparece vigésimo cuarto. Mejor para mí: Suiza paga $201.
Para que comprendan, voy a jugar los cinco mil pesos que gané hace unos días en un juicio por un accidente de tránsito y el 12 de julio seré millonario. Millón y pico de mangos gracias a las burradas de los otros.
Paso a explicar: el primer mérito de los suizos es haberse convertido en el mejor equipo del planeta sin figuras de renombre. Si no me creen, los desafío: piensen ya en tres jugadores suizos de esta época o de todos los tiempos. Sólo les vendrán a la mente chocolates, relojes y bancos, pero ningún futbolista. Eso es fruto del trabajo colectivo y de un meticuloso armado táctico que demuestra que el conjunto está por encima de las individualidades.
A esta altura estarán pensando en qué baso mi sentencia para dar por hecho que Suiza es número uno. Simple: no le hacen goles. Recuerden que en Alemania 2006 se fue en octavos de final tras empatar 0 a 0 con Ucrania y luego perder en la definición por penales. Pero antes había ganado su zona: 0-0 con Francia y dos victorias por 2 a 0, a Togo y Corea del Sur. Es decir, se retiró de la copa con la valla invicta. Digan que los suizos son fríos, pero semejante logro ameritaba un recibimiento multitudinario en las calles de Zurich, algo que finalmente no ocurrió.
Porque lo que voy a decir lo sabe cualquier vieja que está en la feria con una bolsa: si no te hacen goles, no perdés. No es una ciencia ni hace falta ser un experto como yo para darse cuenta. Y para ser campeón es clave no perder, en especial a partir de los octavos de final.
Los detractores dirán que para ganar también hay que embocarla. Es cierto que Suiza se convirtió en aquella fatídica noche alemana en el primer equipo en no meter ningún penal en una definición mundialista. ¿Pero para qué sirve tener a un Messi que haga tres goles si el rival después te mete cuatro? Preferible asegurarse el cero en arco propio, como un día me dijo mi amigo personal Carlos Timoteo Griguol, a quien de paso saludo y le recuerdo que tenemos un café pendiente desde hace diez años.
Es más, hace poco coincidía con otro DT amigo, Diego Moya, de Los Gladiadores de Pompeya, que esta es la gran posibilidad de Suiza de entrar en la historia como uno de los mejores conjuntos de todos los tiempos, como la Argentina de 1990 o Paraguay de 1998. Inclusive, analizamos juntos aquel mítico empate sin goles ante Francia, una joya de pizarrón, y coincidimos en que ese duelo siguió los mismos lineamientos del que a mi entender fue el mejor encuentro de la historia de los mundiales, no tanto por lo que realmente se hizo adentro de la cancha, sino porque marcó el camino correcto para el resto de los entrenadores. Me refiero, obviamente, al Brasil – Inglaterra de Suecia 1958, cuando, por fin, se dio el primer cero a cero en una copa del mundo. Recordarán que soy más bilardista que Bilardo, por antecederlo en el uso de esquemas tácticos, y para los de nuestra ideología el cero a cero es el sumum del fútbol.
El natural favoritismo de Suiza se refuerza con un dato que podrán chequear en cualquier diario: en las eliminatorias europeas, los muchachos de los Alpes terminaron primeros en su grupo, con un promedio de menos de un gol en contra por partido. Es más, en las últimas tres fechas no recibieron tantos en su arco. Ni en la durísima visita a Moldavia, donde ganó dos a cero para sorpresa de muchos, entre lo que no me encontraba, por supuesto.
Otro dato más: el último campeón Mundial de la FIFA fue Suiza, que ganó holgadamente el torneo Sub 17 de Nigeria.
Ahora que creo haber demostrado que Suiza es el gran candidato, permítanme un consejo: si quieren hacerse millonarios, juéguenle unos pesitos a estos pibes de camiseta roja. Me lo agradecerán.
Hasta la próxima.

Pascual Gambertti, DT


Mi nombre es Pascual Gambertti, tengo dos hijos, un perro, una casita en Lomas del Mirador y un Ford Falcon que es una joyita. Soy director técnico. Eso es lo que digo cuando la gente me pregunta: “¿Gambertti, usted qué es?”. Podría definirme de otras formas, inclusive como obrero metalúrgico, que es mi profesión actual. Pero a mí no me va eso de que la gente “es” de lo que trabaja. Yo soy DT, aunque en este momento no haya ningún club que requiera de mis nobles servicios.
Usted se preguntará por qué un tipo que no se dedica a parar jugadores adentro de una cancha se da el lujo de opinar de un Mundial. Primero, déjenme aclarar: si hoy Gambertti no dirige es por el exitismo que reina en la sociedad.
Para hablar con hechos concretos, tengo que señalar que mi último empleo como entrenador fue en la séptima división del Deportivo Laferrere, donde fui víctima del furor por los resultados. Muchos creerán que esa presión se siente sólo en Boca o River. Y no es así, a mí en tres fechas me echaron por no ganar ni un punto. Al segundo partido del campeonato me llegó el ultimatum después de un 4 a 0 contra Almirante Brown. Les expiqué a los dirigentes que mi ciclo apostaba a la idea de “proceso”, que en divisiones inferiores lo importante son los valores y la enseñanza. También les aclaré que yo respetaba los contratos, qué carajo. Pero en la tercer fecha los pibes perdieron 6 a 1 contra Ituzaingó y me dieron un boleo. Y me recordaron que no tenía ningún contrato firmado, que estaba en negro. No tengo dudas de que los mocosos me hicieron la cama. Ya no hay códigos en el futbol, señores.
Ahora, si tuviera que adscribir a un patrón de juego, diría que soy bilardista. Aunque, en realidad, fue el Narigón el que se copió de mis tácticas. No es macaneo. Soy un héroe invisible en la historia del fútbol argentino. Y por qué no internacional.
Resulta que en 1985 yo daba mis últimos pasos como futbolista. Me desempeñaba en el siempre jodido torneo interno de la UOM. Mi viejo también fue metalúrgico y como en esa época ya estaba grande para jugar me anotaba trucho con su nombre para el equipo de la empresa. “Acero 38”, se llamaba. Yo jugaba de marcador central; y en una eliminatoria contra unos muchachos de Lobería el técnico faltó. Entonces, antes de empezar el partido me tomé el atrevimiento de proponerles a mis compañeros sacar un win y un volante ofensivo para poner a un mediocampista de marca y a otro zaguero. Yo pasé de líbero, cuando la función todavía no existía, y le pedí a los otros dos centrales que tomaran hombre a hombre; que siguieran a los delanteros hasta debajo de la cama. Un 3-5-2 que después fue famoso, con los laterales más adelantados y sólo dos puntas. Yo no lo ví, pero dicen que Bilardo comía un asado en el predio en el que se jugó el partido y llegó a mirar la cancha de refilón.
Un año más tarde, él salía campeón del mundo con ese esquema y yo empezaba la colimba, donde me destaqué como ayudante de campo en el equipo de un regimiento del Ejército. Fue mi primera experiencia real: aconsejaba al DT, un teniente que no entendía un pomo de este deporte. Pero como ya en ese tiempo mandaban los resultados, a la cuarta caída consecutiva en la liga castrense me obligaron a limpiar baños y a hacer salto en rana de nuevo. Es ingrato el fútbol. Y no siempre da revanchas.
Sin embargo, a pesar de las derrotas, soy un innovador, experto en tácticas. Por ejemplo, hace poco, en un torneo de barrio, creé la doble línea de cinco y empaté cero a cero cinco partidos seguidos. Una obra maestra del pizarrón. Además, aunque mis pergaminos no son pocos, me veo en la obligación de indicar que con dos meses de trabajo podría sacar Campeón del Mundo a Corea del Norte o a Honduras. Lástima que ninguna selección pensó en mí para Sudáfrica.
También admito que cada tanto fallo. Pocas veces desde el planteo. Muchas más para los ignorantes que sólo se fijan en el score final y tanto mal le hacen a nuestro fútbol.
Pero la juno, señores; la sé lunga. Por algo la gente del barrio dice, cuando le preguntan: “¿Pascual Gambertti? Ah, el DT”.