
Mi nombre es Pascual Gambertti, tengo dos hijos, un perro, una casita en Lomas del Mirador y un Ford Falcon que es una joyita. Soy director técnico. Eso es lo que digo cuando la gente me pregunta: “¿Gambertti, usted qué es?”. Podría definirme de otras formas, inclusive como obrero metalúrgico, que es mi profesión actual. Pero a mí no me va eso de que la gente “es” de lo que trabaja. Yo soy DT, aunque en este momento no haya ningún club que requiera de mis nobles servicios.
Usted se preguntará por qué un tipo que no se dedica a parar jugadores adentro de una cancha se da el lujo de opinar de un Mundial. Primero, déjenme aclarar: si hoy Gambertti no dirige es por el exitismo que reina en la sociedad.
Para hablar con hechos concretos, tengo que señalar que mi último empleo como entrenador fue en la séptima división del Deportivo Laferrere, donde fui víctima del furor por los resultados. Muchos creerán que esa presión se siente sólo en Boca o River. Y no es así, a mí en tres fechas me echaron por no ganar ni un punto. Al segundo partido del campeonato me llegó el ultimatum después de un 4 a 0 contra Almirante Brown. Les expiqué a los dirigentes que mi ciclo apostaba a la idea de “proceso”, que en divisiones inferiores lo importante son los valores y la enseñanza. También les aclaré que yo respetaba los contratos, qué carajo. Pero en la tercer fecha los pibes perdieron 6 a 1 contra Ituzaingó y me dieron un boleo. Y me recordaron que no tenía ningún contrato firmado, que estaba en negro. No tengo dudas de que los mocosos me hicieron la cama. Ya no hay códigos en el futbol, señores.
Ahora, si tuviera que adscribir a un patrón de juego, diría que soy bilardista. Aunque, en realidad, fue el Narigón el que se copió de mis tácticas. No es macaneo. Soy un héroe invisible en la historia del fútbol argentino. Y por qué no internacional.
Resulta que en 1985 yo daba mis últimos pasos como futbolista. Me desempeñaba en el siempre jodido torneo interno de la UOM. Mi viejo también fue metalúrgico y como en esa época ya estaba grande para jugar me anotaba trucho con su nombre para el equipo de la empresa. “Acero 38”, se llamaba. Yo jugaba de marcador central; y en una eliminatoria contra unos muchachos de Lobería el técnico faltó. Entonces, antes de empezar el partido me tomé el atrevimiento de proponerles a mis compañeros sacar un win y un volante ofensivo para poner a un mediocampista de marca y a otro zaguero. Yo pasé de líbero, cuando la función todavía no existía, y le pedí a los otros dos centrales que tomaran hombre a hombre; que siguieran a los delanteros hasta debajo de la cama. Un 3-5-2 que después fue famoso, con los laterales más adelantados y sólo dos puntas. Yo no lo ví, pero dicen que Bilardo comía un asado en el predio en el que se jugó el partido y llegó a mirar la cancha de refilón.
Un año más tarde, él salía campeón del mundo con ese esquema y yo empezaba la colimba, donde me destaqué como ayudante de campo en el equipo de un regimiento del Ejército. Fue mi primera experiencia real: aconsejaba al DT, un teniente que no entendía un pomo de este deporte. Pero como ya en ese tiempo mandaban los resultados, a la cuarta caída consecutiva en la liga castrense me obligaron a limpiar baños y a hacer salto en rana de nuevo. Es ingrato el fútbol. Y no siempre da revanchas.
Sin embargo, a pesar de las derrotas, soy un innovador, experto en tácticas. Por ejemplo, hace poco, en un torneo de barrio, creé la doble línea de cinco y empaté cero a cero cinco partidos seguidos. Una obra maestra del pizarrón. Además, aunque mis pergaminos no son pocos, me veo en la obligación de indicar que con dos meses de trabajo podría sacar Campeón del Mundo a Corea del Norte o a Honduras. Lástima que ninguna selección pensó en mí para Sudáfrica.
También admito que cada tanto fallo. Pocas veces desde el planteo. Muchas más para los ignorantes que sólo se fijan en el score final y tanto mal le hacen a nuestro fútbol.
Pero la juno, señores; la sé lunga. Por algo la gente del barrio dice, cuando le preguntan: “¿Pascual Gambertti? Ah, el DT”.
Usted se preguntará por qué un tipo que no se dedica a parar jugadores adentro de una cancha se da el lujo de opinar de un Mundial. Primero, déjenme aclarar: si hoy Gambertti no dirige es por el exitismo que reina en la sociedad.
Para hablar con hechos concretos, tengo que señalar que mi último empleo como entrenador fue en la séptima división del Deportivo Laferrere, donde fui víctima del furor por los resultados. Muchos creerán que esa presión se siente sólo en Boca o River. Y no es así, a mí en tres fechas me echaron por no ganar ni un punto. Al segundo partido del campeonato me llegó el ultimatum después de un 4 a 0 contra Almirante Brown. Les expiqué a los dirigentes que mi ciclo apostaba a la idea de “proceso”, que en divisiones inferiores lo importante son los valores y la enseñanza. También les aclaré que yo respetaba los contratos, qué carajo. Pero en la tercer fecha los pibes perdieron 6 a 1 contra Ituzaingó y me dieron un boleo. Y me recordaron que no tenía ningún contrato firmado, que estaba en negro. No tengo dudas de que los mocosos me hicieron la cama. Ya no hay códigos en el futbol, señores.
Ahora, si tuviera que adscribir a un patrón de juego, diría que soy bilardista. Aunque, en realidad, fue el Narigón el que se copió de mis tácticas. No es macaneo. Soy un héroe invisible en la historia del fútbol argentino. Y por qué no internacional.
Resulta que en 1985 yo daba mis últimos pasos como futbolista. Me desempeñaba en el siempre jodido torneo interno de la UOM. Mi viejo también fue metalúrgico y como en esa época ya estaba grande para jugar me anotaba trucho con su nombre para el equipo de la empresa. “Acero 38”, se llamaba. Yo jugaba de marcador central; y en una eliminatoria contra unos muchachos de Lobería el técnico faltó. Entonces, antes de empezar el partido me tomé el atrevimiento de proponerles a mis compañeros sacar un win y un volante ofensivo para poner a un mediocampista de marca y a otro zaguero. Yo pasé de líbero, cuando la función todavía no existía, y le pedí a los otros dos centrales que tomaran hombre a hombre; que siguieran a los delanteros hasta debajo de la cama. Un 3-5-2 que después fue famoso, con los laterales más adelantados y sólo dos puntas. Yo no lo ví, pero dicen que Bilardo comía un asado en el predio en el que se jugó el partido y llegó a mirar la cancha de refilón.
Un año más tarde, él salía campeón del mundo con ese esquema y yo empezaba la colimba, donde me destaqué como ayudante de campo en el equipo de un regimiento del Ejército. Fue mi primera experiencia real: aconsejaba al DT, un teniente que no entendía un pomo de este deporte. Pero como ya en ese tiempo mandaban los resultados, a la cuarta caída consecutiva en la liga castrense me obligaron a limpiar baños y a hacer salto en rana de nuevo. Es ingrato el fútbol. Y no siempre da revanchas.
Sin embargo, a pesar de las derrotas, soy un innovador, experto en tácticas. Por ejemplo, hace poco, en un torneo de barrio, creé la doble línea de cinco y empaté cero a cero cinco partidos seguidos. Una obra maestra del pizarrón. Además, aunque mis pergaminos no son pocos, me veo en la obligación de indicar que con dos meses de trabajo podría sacar Campeón del Mundo a Corea del Norte o a Honduras. Lástima que ninguna selección pensó en mí para Sudáfrica.
También admito que cada tanto fallo. Pocas veces desde el planteo. Muchas más para los ignorantes que sólo se fijan en el score final y tanto mal le hacen a nuestro fútbol.
Pero la juno, señores; la sé lunga. Por algo la gente del barrio dice, cuando le preguntan: “¿Pascual Gambertti? Ah, el DT”.
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