
Señores, lo de siempre. No pienso hablar de la disposición táctica del equipo de Maradona. Miren ustedes la tele, escuchen programas de radio, lean el blog de Cordo. Gambertti es humilde: está para partidos menos populosos, ya lo dijo.
Por eso escribo sólo para transmitir un dato de color.
Ayer a la mañana me levanté tempranito. La Gorda Matilde ya estaba despierta y me esperó con un mate. Yo le digo Gorda, con cariño. No vayan a creer otra cosa. Como me había pedido el día en la fábrica (lo compensé trabajando duro y parejo durante los feriados del Bicentenario), me dispuse a mirar el partido en el sillón de casa.
Todo era un lujo: el plasma que compré en 50 cuotas fijas en una casa muy conocida de electrodomésticos y la estrella del día: la TV digital con alta definición.
Me gasté unos pesitos, como verán. El adelanto del aguinaldo más unos ahorros que tenía abajo del colchón.
La inversión valió la pena hasta los 16 minutos. Acostumbrado a mirar a los jugadores con fantasmas y lluvia permanente -aún en días radiantes-, el descubrimiento de la pantalla plana y la gran calidad de imagen realmente me sorprendió.
Pero a partir de ese minuto fatal, todo se fue al diablo: Messi agarra la pelota con las manos para patear un tiro libre, está por apoyarla en el suelo y todo Lomas del Mirador retumba con un grito: Gooooooooooooooooooooolllllllll. Desaforados. A los cinco segundos, claro, el coreano se la mandaba a guardar a su propio arquero. Imaginarán que la experiencia a partir de allí fue insoportable: el barrio me anticipó todos los goles. Y si en un avance peligroso no escuchaba el griterío antes, ya sabía que no había pasado nada.
Discúlpenme, señores, pero lo tengo atragantado: ¡al carajo con la televisión digital! El próximo partido vuelvo a la papa con las agujas de tejer. La imagen me llega cinco segundos antes.
Hasta la próxima
Por eso escribo sólo para transmitir un dato de color.
Ayer a la mañana me levanté tempranito. La Gorda Matilde ya estaba despierta y me esperó con un mate. Yo le digo Gorda, con cariño. No vayan a creer otra cosa. Como me había pedido el día en la fábrica (lo compensé trabajando duro y parejo durante los feriados del Bicentenario), me dispuse a mirar el partido en el sillón de casa.
Todo era un lujo: el plasma que compré en 50 cuotas fijas en una casa muy conocida de electrodomésticos y la estrella del día: la TV digital con alta definición.
Me gasté unos pesitos, como verán. El adelanto del aguinaldo más unos ahorros que tenía abajo del colchón.
La inversión valió la pena hasta los 16 minutos. Acostumbrado a mirar a los jugadores con fantasmas y lluvia permanente -aún en días radiantes-, el descubrimiento de la pantalla plana y la gran calidad de imagen realmente me sorprendió.
Pero a partir de ese minuto fatal, todo se fue al diablo: Messi agarra la pelota con las manos para patear un tiro libre, está por apoyarla en el suelo y todo Lomas del Mirador retumba con un grito: Gooooooooooooooooooooolllllllll. Desaforados. A los cinco segundos, claro, el coreano se la mandaba a guardar a su propio arquero. Imaginarán que la experiencia a partir de allí fue insoportable: el barrio me anticipó todos los goles. Y si en un avance peligroso no escuchaba el griterío antes, ya sabía que no había pasado nada.
Discúlpenme, señores, pero lo tengo atragantado: ¡al carajo con la televisión digital! El próximo partido vuelvo a la papa con las agujas de tejer. La imagen me llega cinco segundos antes.
Hasta la próxima
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