martes, 13 de julio de 2010

Esa espera interminable


Luego del triunfo con México estuvimos mateando con Matilde toda la tarde y entre cebada y cebada empezó a subir por la traquea esa sensación horrible, un reflujo ácido que iba y venía con total impunidad. Sólo comparable a lo que sentí cuando tenía que jugar la final de quinta para el Deportivo Merlo en el Cementerio de Libertad contra Midland, una mañana lluviosa de invierno.
Porque ustedes pueden imaginar que Gambertti antes de ser técnico fue jugador, claro, qué se pensaban.
Es más, no sé ahora, pero en un tiempo no podías hacer el curso de entrenador sin haber jugado antes en la Asociación.
En realidad, como todos los purretes arranque en el Baby. Jugaba en el Club 1ero de Mayo, que todavía se mantiene en pie con su cancha de bochas anexa, allá en Díaz Vélez y Neuquén, en Lomas del Mirador.
¡Qué categorías que teníamos siempre bajo la tutela del viejo Magna!, nunca bajamos del sexto lugar, posición que nos servía para entrar al reducido. ¡Que grande el viejo!, un ex fogonero del ferrocarril, siempre con su cuaderno Gloria bajo el brazo. El tipo iba tocando el timbre a cada uno de sus players los sábados a la mañana para que no se durmieran.
Una vez reunidos tomaba lista y seleccionaba quién tendría que hacer los pozos para meter los arcos de poste que guardábamos religiosamente en la casa de Irma, la portera del colegio 76 que vivía enfrente del club.
Aquel maestro de la táctica fue sin dudas mi mentor. El primero que intuyó que parando un doble cinco podría contrarrestar el juego del volante creativo de los contrarios, porque lo esperaría escalonado y en el último de los casos se lo dejaba al Polaco Martín, que a los nueve años tenía unos cardos en las patas que parecía el hombre lobo.
Él fue quien descubrió aquel nefasto malestar, que en una ocasión se convertió en diarrea, cuando el cuatro de Ballester me aplicó un codazo certero en la boca del estómago cerca del banderín del corner.
Pero este fastidio de la espera siguió acompañándome a lo largo de toda mi vida. ¿Y cómo iba a faltar ahora cuando el país se paraliza por 90 minutos que no llegan más?
Miren que Gamberrti no es de arrugar. Qué va. Pero ese escozor que se apodera de uno como si estuvieses poseído, es el mismo que siento hoy a 24 horas del partido con Alemania por los cuartos de final de Sudáfrica 2010.
Las manos comienzan a transpirar, un pequeño temblor del dedo índice surge de improviso como cuando seguís una melodía que te gusta. Y los pies se te ponen fríos aunque tengas dos pares de medias.
Es la espera interminable, la vigilia de un gran acontecimiento que se demora demasiado en llegar. Las horas se estiran como un chicle y no queres escuchar nada hasta que la pelotita empiece a rodar por el verde césped.
Comparable tal vez a esa otra espera obligada que teníamos que soportar luego de cada práctica en el Parque San Martín. Resulta que había sólo dos duchas para 75 jugadores y solo en los primeros tres minutos largaba agua caliente. Luego se vaciaba el tanque y chau pinela. Había que ser guapo y luchar con todas las armas legales para lograr que ese líquido sagrado llegara a tu cuerpo. Se vivían escenas de pugilato encarnizadas o de lo contrario había que viajar en bondi con toda la grela encima.
Ahora, aquí en la calma de mi living, desocupado, tomando datos y comparando estrategias, aquella sensación de incomodidad que me persiguió durante toda mi exitosa carrera volvió a presentarse. Pero ya encontré la solución: me tomo un Akital (no cerré con la marca original) y todo estará bien por lo menos hasta las 11hs.

Hasta la próxima

PD Allí en la foto está Pascual Gambertti, el lector que lo descubra se lleva un curso de técnico.

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