
En los mundiales no hay que ser tibios. Hay mucho periodista que no se anima a jugársela, pero Gambertti no tiene pelos en la lengua, más cuando vemos los partidos por televisión. ¿Qué quiero decir? Que los dos goles que recibió el equipo de Maradona tienen nombre y apellido: Martín Demichelis. Y el quiebre de la valla invicta de Uruguay, que iba camino a alcanzar a Suiza, también: Diego Lugano.
Y acá la coincidencia es clara. Son dos pibes pintones, no lo digo por envidia. Los dos tienen buen porte, son muchachos bien parecidos y se peinan para las chicas de la tribuna. Tranquilamente podrían protagonizar junto a Gonzalo Heredia una nueva versión de Valientes, que tanto le gustaba a la Gorda Matilde. No es que les falten condiciones. Pero dejémonos de joder, señores: ¡El defensor tiene que ser feo! Imagínese usted, querido lector, si fuera delantero: ¿Preferiría el aliento en la nuca de Brad Pitt o del Roña Castro?
Y acá los hechos no mienten: el mejor defensor de la historia, el Negro Aguirre Suárez, primero te metía miedo con la cara y después te cagaba a patadas. Había que tener huevos para tirarle un caño. En cambio, los pibes estos son una invitación a las diagonales de los wines. Y si no es feo, al menos tiene que tener cara de loco, como Ruggeri o Passarella, que con dos gestos ya te hacían saber que si los pasabas a la otra te rompían la rodilla.
A mí me pasó como técnico. Cuando me contrataron en Cañuelas para dirigir a la quinta, donde estuve tan poco tiempo que ni siquiera lo menciono en el CV, le dije a los dirigentes: “Con estos carilindos abajo no vamos a ningún lado. Señores, saquen una aviso en el diario que diga: ‘Se busca joven feo de 16 y 17 años para integrar defensa de Cañuelas’”.
A la semana siguiente cayó cada uno que ni les cuento. Feos, pero con ganas. Era un zoológico. Acá se les había ido la mano, porque un exceso también invita a la cargada, al gaste. Y el defensor se deprime y lo pasan en todas; o se calienta tanto que lo echan a los diez minutos.
Entiendan señores, tiene que haber un equilibrio. Porque lo de Cañuelas fue un abuso. Me acuerdo que le dije al presidente: “Presi, si la defensa sale con el enano, el hombre lobo, el jorobado y el cara de elefante me pongo un circo en vez de un equipo de fútbol”. De más está decir que me fui, porque los equipos se arman de atrás para adelante, como decía Carlos Salvador. Uno puede renunciar a un delantero goleador, a un volante creativo con fantasía, a un ocho con ida y vuelta. Pero nunca, y cuando digo nunca es nunca, a una defensa aguerrida, que asuste y después te faje.
Escuche Maradona, escuche Tabárez. Saquen a los dos galanes y pongan a otros tipos. A los más feos que tengan. Se los dice Gambertti, que de esto juna.
Hasta la próxima
Y acá la coincidencia es clara. Son dos pibes pintones, no lo digo por envidia. Los dos tienen buen porte, son muchachos bien parecidos y se peinan para las chicas de la tribuna. Tranquilamente podrían protagonizar junto a Gonzalo Heredia una nueva versión de Valientes, que tanto le gustaba a la Gorda Matilde. No es que les falten condiciones. Pero dejémonos de joder, señores: ¡El defensor tiene que ser feo! Imagínese usted, querido lector, si fuera delantero: ¿Preferiría el aliento en la nuca de Brad Pitt o del Roña Castro?
Y acá los hechos no mienten: el mejor defensor de la historia, el Negro Aguirre Suárez, primero te metía miedo con la cara y después te cagaba a patadas. Había que tener huevos para tirarle un caño. En cambio, los pibes estos son una invitación a las diagonales de los wines. Y si no es feo, al menos tiene que tener cara de loco, como Ruggeri o Passarella, que con dos gestos ya te hacían saber que si los pasabas a la otra te rompían la rodilla.
A mí me pasó como técnico. Cuando me contrataron en Cañuelas para dirigir a la quinta, donde estuve tan poco tiempo que ni siquiera lo menciono en el CV, le dije a los dirigentes: “Con estos carilindos abajo no vamos a ningún lado. Señores, saquen una aviso en el diario que diga: ‘Se busca joven feo de 16 y 17 años para integrar defensa de Cañuelas’”.
A la semana siguiente cayó cada uno que ni les cuento. Feos, pero con ganas. Era un zoológico. Acá se les había ido la mano, porque un exceso también invita a la cargada, al gaste. Y el defensor se deprime y lo pasan en todas; o se calienta tanto que lo echan a los diez minutos.
Entiendan señores, tiene que haber un equilibrio. Porque lo de Cañuelas fue un abuso. Me acuerdo que le dije al presidente: “Presi, si la defensa sale con el enano, el hombre lobo, el jorobado y el cara de elefante me pongo un circo en vez de un equipo de fútbol”. De más está decir que me fui, porque los equipos se arman de atrás para adelante, como decía Carlos Salvador. Uno puede renunciar a un delantero goleador, a un volante creativo con fantasía, a un ocho con ida y vuelta. Pero nunca, y cuando digo nunca es nunca, a una defensa aguerrida, que asuste y después te faje.
Escuche Maradona, escuche Tabárez. Saquen a los dos galanes y pongan a otros tipos. A los más feos que tengan. Se los dice Gambertti, que de esto juna.
Hasta la próxima
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